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FOBIAS
Fobias: qué son, tipos, síntomas, causas y tratamiento
Todos tenemos miedo.
El miedo es una emoción normal y necesaria. Nos ayuda a detectar peligros, prepararnos para afrontarlos y alejarnos de aquello que puede hacernos daño. Tener miedo a un animal peligroso, a una situación realmente amenazante o incluso sentir cierto respeto ante algo desconocido no significa que exista un problema psicológico.
Pero ¿qué ocurre cuando el miedo aparece ante situaciones que objetivamente no representan un peligro proporcional? ¿Qué sucede cuando una persona deja de viajar en avión, evita determinados animales, no puede entrar en un ascensor o empieza a organizar su vida para no encontrarse con aquello que teme?
En estos casos podemos estar ante una fobia.
Las fobias son mucho más que «tener miedo a algo». Pueden generar una respuesta de ansiedad muy intensa, provocar conductas de evitación y, cuando alcanzan suficiente gravedad, interferir considerablemente en la vida cotidiana.
Además, no todas las fobias son iguales. El miedo a una araña, el miedo a hablar delante de otras personas y el miedo a encontrarse lejos de casa pertenecen a fenómenos diferentes y requieren ser comprendidos de manera específica.
¿Qué es una fobia?
Una fobia puede entenderse como un miedo intenso y persistente asociado a determinados objetos, situaciones o circunstancias que provoca una respuesta de ansiedad y que lleva frecuentemente a evitar aquello que se teme.
La palabra «fobia» procede del griego phobos, relacionado con el miedo o el temor. Desde la psicología clínica, sin embargo, no cualquier miedo puede considerarse una fobia.
Para que exista un problema clínicamente significativo es importante valorar aspectos como la intensidad del miedo, su persistencia, el grado de evitación, el malestar que produce y la interferencia que genera en la vida de la persona. Los materiales clínicos señalan precisamente que una persona puede llegar incluso a afrontar el estímulo temido, pero hacerlo soportando una ansiedad o malestar muy elevados; por tanto, la evitación no es imprescindible para que exista una fobia.
Esta distinción es importante.
Una persona puede tener miedo a las agujas y acudir al médico cuando lo necesita, aunque experimente una enorme ansiedad durante el procedimiento.
Otra puede evitar sistemáticamente cualquier situación relacionada con ellas.
En ambos casos puede existir un miedo fóbico, aunque las consecuencias sobre la vida cotidiana sean diferentes.
¿Miedo normal o fobia?
El miedo forma parte de la experiencia humana.
Sentir cierto nerviosismo antes de hablar en público, incomodidad al encontrarse con una serpiente o inquietud antes de viajar en avión no significa necesariamente que exista una fobia.
La diferencia suele encontrarse en la intensidad, la persistencia y las consecuencias.
Podemos pensar en una especie de continuo:
Miedo normal → miedo intenso → evitación → interferencia significativa.
Cuando el miedo comienza a condicionar las decisiones de la persona, limitar sus actividades o generar un sufrimiento importante, merece la pena realizar una evaluación profesional.
Por ejemplo, tener cierto respeto a las alturas puede ser perfectamente normal. El problema aparece cuando una persona no puede subir a un edificio, cruzar un puente o acercarse a un balcón porque la ansiedad resulta insoportable.
¿Por qué las fobias producen tanta ansiedad?
Cuando una persona se encuentra ante aquello que teme, su organismo puede activar una respuesta de alarma.
El corazón puede acelerarse, aumenta la tensión muscular, aparece sudoración, cambia la respiración y la atención se concentra intensamente en aquello que se percibe como amenazante.
Desde el modelo de ansiedad de Barlow, las fobias pueden entenderse en relación con alarmas aprendidas ante determinados estímulos externos. Estas respuestas pueden llegar a activarse incluso cuando el estímulo no representa un peligro real proporcional.
Por eso, una persona puede saber perfectamente que una araña pequeña no representa un peligro grave y, aun así, experimentar una reacción de miedo extraordinariamente intensa cuando aparece una.
El conocimiento racional y la respuesta emocional no siempre funcionan al mismo ritmo.
El círculo de la fobia
Las fobias suelen mantenerse mediante un mecanismo bastante sencillo de comprender.
Primero aparece el estímulo temido.
Después surge la respuesta de miedo.
La persona intenta escapar o evitar la situación.
Al alejarse, siente alivio.
Y ese alivio puede reforzar la evitación.
Por ejemplo:
«Me da muchísimo miedo entrar en un ascensor.»
«Voy a subir por las escaleras.»
«Qué alivio, no ha pasado nada.»
El problema es que la persona no tiene la oportunidad de comprobar qué habría ocurrido si hubiera permanecido en el ascensor.
La evitación ha reducido el miedo a corto plazo, pero puede haber reforzado la idea de que evitar era necesario.
Así, la próxima vez que aparezca un ascensor, el miedo puede volver a aparecer con fuerza.
Este mecanismo de evitación es especialmente importante porque puede hacer que una fobia se mantenga durante mucho tiempo.
Fobia específica
La fobia específica es uno de los principales trastornos fóbicos.
Se caracteriza por un miedo intenso ante un objeto o situación concreta.
Puede tratarse, por ejemplo, de determinados animales, alturas, tormentas, sangre, inyecciones, volar o determinadas situaciones cerradas o de transporte.
Los materiales clínicos distinguen diferentes tipos de fobia específica, entre ellos el tipo animal, el relacionado con el entorno natural, el de sangre-inyecciones-daño y el situacional.
Fobia a los animales
Puede incluir miedo intenso a animales como arañas, perros, serpientes, insectos u otros animales concretos.
La reacción puede aparecer incluso ante fotografías, vídeos o situaciones en las que la persona anticipa que podría encontrarse con ellos.
Fobia al entorno natural
Incluye miedos relacionados con elementos como las alturas, las tormentas o el agua.
No debemos confundir automáticamente este tipo de miedo con la agorafobia.
El contenido del miedo y las circunstancias en las que aparece son importantes para realizar un diagnóstico adecuado.
Fobia a la sangre, las inyecciones o las heridas
Es una modalidad particularmente interesante porque puede producir una respuesta fisiológica diferente a la que observamos habitualmente en otras fobias.
En algunas personas aparece una respuesta cardiovascular bifásica: inicialmente puede producirse un aumento de la frecuencia cardíaca y posteriormente una disminución de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial, pudiendo aparecer sensación de desmayo o incluso síncope.
Por este motivo, no todas las fobias producen exactamente la misma respuesta corporal.
Fobia situacional
Se relaciona con determinadas situaciones, como volar, utilizar ascensores, viajar en determinados medios de transporte o encontrarse en espacios concretos.
Algunas de estas situaciones pueden solaparse aparentemente con la agorafobia, por lo que es importante estudiar qué es exactamente lo que teme la persona.
¿Qué es la fobia social?
Actualmente se utiliza principalmente el término trastorno de ansiedad social.
La expresión «fobia social» continúa siendo muy conocida y se utiliza habitualmente para referirse a este problema, aunque las clasificaciones diagnósticas actuales prefieren la denominación trastorno de ansiedad social. Los materiales clínicos señalan precisamente este cambio terminológico.
Aquí el miedo no se dirige principalmente hacia un objeto concreto.
La preocupación está relacionada con las situaciones sociales y, especialmente, con la posibilidad de ser evaluado negativamente por otras personas.
Puede aparecer miedo a:
- Hablar delante de otras personas.
- Conocer gente nueva.
- Mantener conversaciones.
- Comer o beber delante de otras personas.
- Ser observado mientras se realiza una actividad.
- Hablar en público.
- Actuar o desenvolverse en determinadas situaciones sociales.
- Mostrar síntomas de ansiedad que puedan ser juzgados negativamente.
La persona puede temer parecer ridícula, incompetente, aburrida, extraña o mostrar signos de ansiedad que los demás puedan interpretar negativamente.
Timidez y fobia social no son lo mismo
Ser tímido no significa tener un trastorno de ansiedad social.
La timidez es una característica relativamente frecuente y puede formar parte de la personalidad de una persona sin producir un deterioro importante.
El trastorno aparece cuando la ansiedad social alcanza una intensidad suficiente como para generar un malestar significativo o interferir en diferentes áreas de la vida.
Además, el trastorno de ansiedad social suele presentar una relación más intensa con la evitación y puede tener un curso más persistente que la simple timidez.
Una persona tímida puede sentirse incómoda al hablar con desconocidos y, aun así, hacerlo.
Una persona con un trastorno de ansiedad social puede evitar sistemáticamente situaciones sociales, soportarlas con un sufrimiento enorme o limitar sus estudios, relaciones, trabajo y actividades de ocio debido al miedo.
¿Qué es la agorafobia?
La agorafobia es otro problema que suele confundirse con las fobias específicas.
En este caso, el miedo está relacionado con determinadas situaciones en las que la persona considera que escapar podría resultar difícil o que no tendría ayuda disponible si apareciesen síntomas intensos.
Pueden incluir:
- Utilizar transporte público.
- Estar en lugares concurridos.
- Permanecer en espacios abiertos.
- Encontrarse en espacios cerrados.
- Hacer cola.
- Estar fuera de casa sin compañía.
- Encontrarse en determinados lugares donde escapar podría resultar complicado.
Los materiales clínicos señalan precisamente este patrón de miedo y evitación ante situaciones en las que escapar puede percibirse como difícil o en las que podría no estar disponible una ayuda adecuada.
La agorafobia puede aparecer con o sin antecedentes de ataques de pánico. En el DSM-5, ambos problemas se diagnostican por separado y pueden coexistir.
¿Por qué aparecen las fobias?
No existe una única causa.
Las fobias pueden desarrollarse mediante diferentes mecanismos de aprendizaje y también pueden intervenir factores temperamentales y biológicos.
Una de las vías más conocidas es el condicionamiento.
Una experiencia desagradable puede hacer que una situación determinada quede asociada al miedo.
Por ejemplo, una persona puede sufrir un episodio de ansiedad intensa durante un vuelo y posteriormente desarrollar miedo a volar.
Pero no todas las fobias aparecen después de una experiencia negativa directa.
También pueden adquirirse mediante observación.
Un niño que observa cómo un adulto reacciona con muchísimo miedo ante un perro puede aprender que los perros son peligrosos aunque nunca haya tenido una experiencia negativa con ellos.
También puede existir aprendizaje a través de la información.
Escuchar repetidamente historias sobre accidentes, enfermedades o peligros relacionados con determinado estímulo puede contribuir a aumentar la percepción de amenaza.
Por tanto, una fobia no necesita tener siempre un «momento concreto» en el que comenzó.
¿Por qué evitamos aquello que nos da miedo?
Porque funciona a corto plazo.
Si algo nos provoca ansiedad y nos alejamos, la ansiedad disminuye.
El cerebro aprende entonces:
«Evitar me ha protegido.»
El problema aparece cuando esa estrategia se convierte en la única forma de afrontar el miedo.
La persona deja de comprobar si realmente puede tolerar la situación y comienza a depender cada vez más de la evitación.
Así, la vida puede ir haciéndose progresivamente más pequeña.
Primero se evita una situación concreta.
Después otras parecidas.
Y finalmente puede aparecer una gran cantidad de restricciones.
Por eso, uno de los objetivos fundamentales del tratamiento psicológico consiste en romper progresivamente este círculo.
¿Las fobias pueden desaparecer solas?
Algunas fobias pueden reducirse con el tiempo, especialmente cuando la persona deja de estar expuesta a determinadas situaciones o cuando cambian las circunstancias vitales.
Sin embargo, cuando el miedo persiste y comienza a interferir en la vida, no conviene confiar únicamente en que desaparezca por sí mismo.
Además, algunas fobias pueden mantenerse durante años debido precisamente a la evitación.
Cuanto más se evita una situación, menos oportunidades existen de aprender que puede afrontarse.
¿Cómo se tratan las fobias?
La intervención psicológica cuenta con un respaldo especialmente importante en este campo.
La exposición a los estímulos temidos constituye uno de los procedimientos con mayor apoyo empírico para el tratamiento de las fobias. Los materiales de tratamiento señalan la exposición como una intervención fundamental y específicamente establecida para las fobias específicas.
La exposición consiste, de manera general, en entrar en contacto de forma planificada con aquello que se teme, evitando que la respuesta habitual de escape o evitación se convierta en la solución automática.
Esto no significa obligar a una persona a enfrentarse de golpe a su peor miedo.
El tratamiento debe adaptarse a cada caso.
Exposición gradual
Una de las formas más conocidas de exposición consiste en establecer una progresión de situaciones.
Por ejemplo, una persona con miedo a los perros podría comenzar trabajando con imágenes, posteriormente observar un perro a distancia y progresivamente acercarse a situaciones más difíciles.
El ritmo debe adaptarse a la persona y a las características del problema.
En población infantil, los tratamientos eficaces para las fobias suelen incorporar formas de exposición gradual y procedimientos como el modelado participante o la práctica reforzada.
La exposición también puede realizarse mediante diferentes modalidades: en vivo, en imaginación, mediante material audiovisual o utilizando tecnologías como la realidad virtual, dependiendo del problema y del contexto terapéutico.
¿Hay que esperar a que la ansiedad desaparezca completamente?
No necesariamente.
Una idea muy extendida es que una exposición solo funciona si la ansiedad llega finalmente a cero.
La evidencia y los modelos contemporáneos de exposición no obligan a que esto ocurra.
El objetivo no es conseguir que la persona nunca vuelva a sentir miedo.
Se trata de favorecer nuevos aprendizajes que permitan afrontar la situación sin depender de la evitación.
En este sentido, la terapia busca que la persona descubra progresivamente que puede estar en contacto con aquello que teme y que las consecuencias catastróficas anticipadas no necesariamente ocurren.
¿Y la fobia social?
El tratamiento del trastorno de ansiedad social suele incorporar componentes cognitivo-conductuales.
Entre ellos pueden encontrarse la reestructuración cognitiva, la exposición en vivo y las tareas entre sesiones. Estos elementos forman parte de los principales protocolos cognitivo-conductuales para el trastorno.
También pueden utilizarse procedimientos dirigidos a modificar la atención excesivamente centrada en uno mismo y el miedo a la evaluación negativa.
Por ejemplo, algunos programas trabajan específicamente la redirección de la atención hacia estímulos externos para reducir la excesiva autoconciencia característica de determinadas situaciones sociales.
¿Qué puedo hacer si tengo una fobia?
Si reconoces algunas de estas características en ti, existen algunas ideas importantes que conviene recordar.
No ridiculices tu miedo
Decirte «esto es absurdo» probablemente no hará que desaparezca.
Puedes saber racionalmente que algo no es peligroso y continuar experimentando una respuesta emocional intensa.
Comprender esa diferencia es el primer paso.
Observa cuánto condiciona tu vida
Pregúntate:
«¿Qué cosas estoy dejando de hacer por culpa de este miedo?»
Esta pregunta puede ser más útil que preguntarse simplemente si el miedo es «racional».
Presta atención a la evitación
La evitación proporciona alivio inmediato, pero puede mantener el miedo a largo plazo.
Si cada vez necesitas evitar más situaciones para sentirte seguro, puede ser una señal de que el problema está creciendo.
No te enfrentes a tus mayores miedos sin preparación
La exposición terapéutica es una intervención psicológica planificada.
No consiste en lanzarse de manera indiscriminada contra aquello que produce miedo.
Si la fobia está interfiriendo significativamente en tu vida, lo recomendable es trabajarla con un profesional.
Busca ayuda cuando el miedo empiece a decidir por ti
No es necesario esperar a que una fobia sea incapacitante.
Si condiciona tus relaciones, tu trabajo, tus estudios, tus viajes, tus actividades de ocio o tu vida cotidiana, merece la pena consultar.
Conclusión
Las fobias son problemas de ansiedad en los que determinados objetos, situaciones o circunstancias adquieren un significado de amenaza excesivo y provocan respuestas intensas de miedo y evitación.
Pero hablar de «fobias» en general puede resultar demasiado simplificador.
No es lo mismo tener miedo a una araña que temer hablar con otras personas. Tampoco es igual evitar un avión que sentir que no puedes alejarte de casa por miedo a encontrarte en una situación de la que sea difícil escapar.
La fobia específica, el trastorno de ansiedad social y la agorafobia presentan características diferentes y requieren una evaluación adecuada.
En todos ellos, sin embargo, encontramos un elemento que puede resultar especialmente importante: la relación entre miedo y evitación.
Evitar aquello que tememos puede proporcionarnos alivio hoy, pero también puede enseñar a nuestro cerebro que necesitábamos escapar.
Por eso, el tratamiento psicológico busca algo diferente: aprender progresivamente que podemos afrontar aquello que tememos sin que el miedo tenga que decidir por nosotros.
Las técnicas de exposición cuentan con un respaldo especialmente sólido en el tratamiento de los trastornos fóbicos, y pueden integrarse dentro de intervenciones cognitivo-conductuales adaptadas a las características de cada persona.
Una fobia puede hacer que el mundo parezca cada vez más pequeño.
El objetivo de la terapia es ayudarte a recuperarlo.